6124 México, Yo influyo.com, Lo que realmente pasó. La verdad de la matanza del 68, Juan Caudillo

El año de 1968 fue convulsivo. Sin duda, se trató de una época de cambios, de transformaciones sociales y políticas. Desde enero, comenzando con la Primavera de Praga y pasando por el Mayo Francés, los movimientos sociales en diferentes partes del mundo se suscitaron como si hubiera existido un acuerdo de por medio. Sociedades enteras y estudiantes idealistas fueron víctimas de la opresión de gobiernos que vieron en ellos amenazas a su estabilidad.

La propagación de los ideales comunistas dio un nuevo sentido de la realidad a muchas personas, principalmente jóvenes. Las guerras mundiales habían provocado la necesidad de nuevas fuentes de esperanza. Unos la encontraron en el capital, otros en la proclama por la justicia social. Los jóvenes estudiantes franceses y mexicanos se contagiaron de esa necesidad; se aferraron a esa búsqueda.

Mientras ello ocurría, el sistema político mexicano entraba al que –sólo quizá– fue el primero de los descalabros que, a la postre, habrían de debilitarlo de forma inevitable. Siendo presidente, Gustavo Díaz Ordaz nombró como su secretario de Gobernación a Luis Echeverría Álvarez. Todo marchó razonablemente bien hasta que llegó el momento de elegir candidato a la Presidencia. Fue entonces cuando los problemas aparecieron.

Contrario a lo que se pudiera pensar, entonces el hombre fuerte de Díaz Ordaz no era Luis Echeverría Álvarez, al que no veía con desdén, pero tampoco como su posible sucesor. Todo el tiempo fue Emilio Martínez Manatou el que habría de ser designado, según los deseos de Díaz Ordaz. Martínez Manatou ocupó la secretaría de la Presidencia durante casi todo el periodo presidencial de su jefe y amigo.

Las cosas estaban claras. Díaz Ordaz quería ungir a Emilio Martínez Manatou –abuelo, por cierto, del hoy presidente del Partido Verde Ecologista de México, Emilio González Martínez–. No obstante, una parte importante de la “familia revolucionaria” no estuvo de acuerdo. El ala cardenista del PRI se opuso a la nominación, posición que se le hizo saber a Díaz Ordaz. La lucha de poderes comenzó.

Los cardenistas buscaban que el candidato presidencial fuera Luis Echeverría Álvarez –de quien, a la postre, se conocieron sus vínculos con la Agencia Central de Investigaciones (CIA, por sus siglas en inglés), en donde era conocido con el nombre clave Litempo-14–, pero el presidente ya había tomado una decisión. Díaz Ordaz tenía claro que Echeverría nunca había ocupado un puesto de elección popular, hecho que lo convertía en un candidato inviable.

El grupo cardenista buscó presionar por todos los medios para que el presidente cambiara de parecer. No lo lograron. Ante la negativa del mandatario, los cardenistas decidieron romper la unidad revolucionaria. ¿Cómo lo hicieron? Alentaron a un movimiento de presión para que el presidente rectificara su decisión. Ahí fue cuando las marchas estudiantiles cobraron sentido.

Si el sistema político mexicano mostraba cerrazón y prepotencia, había que enfrentarlo. Si a nivel internacional los movimientos estudiantiles habían cobrado fuerza, México no podría ser la excepción. El descontento era patente, ya no sólo en las clases populares, sino entre la clase media y sus jóvenes.

De este modo, fueron los cardenistas de la “familia revolucionaria” quienes apoyaron e impulsaron de forma subrepticia las movilizaciones estudiantiles que se oponían al gobierno de Díaz Ordaz. Por si fuera poco, Echeverría era quien controlaba a la mayoría de los liderazgos estudiantiles del país. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo, conocía el juego político del que él era pieza importante. Se trataba de su candidatura presidencial.

Díaz Ordaz no supo con claridad quién era el enemigo. No conoció el origen y el tamaño del movimiento que se le estaba enfrentando. Su conclusión fue que las movilizaciones eran organizadas por un grupo de desestabilizadores que debían ser tratados como se trataba a los opositores y resistentes del viejo sistema. Era necesario, consideró el presidente, reprimir el movimiento antes de que fuera más peligroso.

Fue así como el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, una cita más del movimiento estudiantil –azuzado desde el poder de cierto sector de la “familia revolucionaria” – terminó en una matanza sin precedentes. Hecho al que hoy, por cierto, desde la izquierda se le rinde culto de forma ignorante.

Aquella trágica tarde murieron muchos estudiantes y soldados del Ejército mexicano. Documentos desclasificados de seguridad revelan que en el hecho participaron policías judiciales y agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía política del régimen. Ellos fueron quienes dispararon contra estudiantes y soldados.

¿Qué pasó después? Pues nada, que Luis Echeverría terminó siendo ungido como candidato para la Presidencia por el PRI, elección que ganó sin problemas. ¿Qué fue del abuelo del Niño Verde, Emilio Martínez? No participó ni por error en el gobierno de Luis Echeverría. Desapareció de la vida pública. Luego, fue rescatado por José López Portillo cuando éste llegó a la Presidencia.

¿Qué vendría, mientras tanto, en el gobierno de Luis Echeverría? Crisis económica, persecución política, guerra sucia y opresión indiscriminada. La “familia revolucionaria” se había fracturado irremediablemente.

Twitter: @chubicaudillo

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Comentario de Octavio Islas

Así de “profunda” es la versión que ofrece la ultraderecha mexicana sobre lo ocurrido el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas.
Debemos incluir al cardenismo  en el extenso repertorio de enemigos de la santa Iglesia.

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